viernes, 1 de diciembre de 2017

SexReport: A mí no me mires

Por Lidia Beatriz | Santa Cruz de Tenerife

La presión estética y conductual a la que estamos sometidos en la sociedad es brutal. Y, aunque los hombres también la sufren-y, cada vez, más-,las mujeres somos sus principales víctimas. Se habla y se lee bastante sobre la necesidad de ir a la moda, de querer estar delgados, de lo vergonzoso que es el acné, del maquillaje... Cuando entramos en la adolescencia, afloran todas nuestras inseguridades y hacemos lo que la televisión e Internet nos dicen que hagamos: maquillarnos, ir a la moda, buscar la aprobación del resto saliendo mucho de fiesta, consumiendo alcohol y otras drogas, teniendo parejas... Sin embargo, siempre hay una parte que, ante estas presiones, reaccionan al contrario. No significa que no se sientan presionados (que los habrá), sino que, en lugar de buscar la aceptación del grupo y/o la masa, pretenden hacerse invisibles. Sin destacar, no serán juzgados. Si no se exponen, estarán a salvo de las críticas. Porque destacar sobre el resto, en esta sociedad, también es un problema. Como en otras ocasiones en SexReport, quiero compartir una experiencia personal en relación a esto.

No sé muy bien cuándo empezó esto para mí (quizás cuando se reían de mis piernas velludas a los once años, por mi voz infantil y chillona, por no tener el vientre plano, por ser una buena estudiante...). Pero me ocurrió y afectó a mi vida durante mucho tiempo, incluso me influye todavía en algunas cosas y sufro pequeñas ansiedades sociales como ponerme nerviosa al tocar en público. Era una niña bastante proactiva en el colegio. Solitaria, sí, pero no tímida. Para mí siempre ha sido agradable la soledad, me permite hacer lo que me apetece, cuando me apetece. Sin embargo, participaba activamente, me ofrecía voluntaria para bailar, cantar, presentar, responder, leer... Estaba muy orgullosa de cómo era. No obstante, fui desarrollando un recelo a hacer todas esas cosas de una manera imperceptible hasta que creció y me llevó a sentirme insegura en los exámenes del instituto y ese temor me acompañó en toda mi vida universitaria, causando bloqueos que no me dejaban demostrar mi valía real.

Mis compañeros adolescentes avanzaban en un sentido que para mí era incómodo. Casi todos buscaban verse bien, porque eso significaba ser valorado en positivo, aunque, tal vez, también en negativo debido a envidias u otras razones. De pequeña, me encantaba ponerme vestidos y faldas, de adolescente dejé de hacerlo. De niña, me gustaba usar los tacones y los bolsos de mi madre y maquillarme con sus pinturas, en la adolescencia dejé de hacerlo. Yo quería ser invisible, no quería exponerme, no deseaba intentar encajar, porque temía esforzarme para ello y no conseguirlo.

A todo esto se le une a la cosificación. Si estás guapa, es (creen) porque deseas llamar la atención. Si usas falda, es (creen) que pretendes llamar la atención. Si te maquillas, es (creen) que anhelas agradar al que te mira (hombres, por lo general). Hacer todas estas cosas que, de no hacerlas, a mucha gente les causa pavor ya que piensan que no están haciendo lo que se espera de ellas, para mí suponían una exposición incómoda, innecesaria e indeseada. Incontables veces me peiné para luego hacerme una coleta baja y sin lustre, me puse vestidos que cambié por pantalones y camisetas, porque temía captar la atención de otras personas. Porque, si salía con mis amigas, no era para ligar. Porque, si me ponía una falda, no era para que nadie se quedara mirando mis piernas. Porque, si me maquillaba, no era para nadie más que para mí. Porque todo eso me hacía sentir insegura. No quería que nadie creyera que mi vestido era demasiado largo o demasiado corto o si mis labios eran demasiado rojos o muy poco lustrosos, si me favorecía el pelo rizado o liso... Estaba gritando en silencio un «a mí no me mires», «a mí no me juzgues», «a mí no me etiquetes».

Todo en la vida parecía un examen. Y yo sólo quería ser invisible. Para mí lo más cómodo era pasar inadvertida, como un fantasma. Pero yo no soy así. A mí me gustan los halagos, hacer bien las cosas, superarme, demostrar que puedo evolucionar. Si quiero ir en pijama a pasear el perro, voy. Si me quiero poner un vestido corto, me lo pongo. Si mi abrigo no combina con el resto de la ropa, no me importa. Si me apetece pintarme los labios de rojo, me los pinto como si estoy un mes sin ponerme ni hidratante. Porque hay algo que tengo hoy que no tenía hace, relativamente, poco tiempo: más confianza en mí misma y un poco más de capacidad para dejar claras las cosas al prójimo. Aunque tengo muchas cosas por mejorar, lo importante es no sucumbir a la presión social, al pánico a la crítica. No podemos tener miedo a ser feos, torpes, tímidos, reservados, pero tampoco a ser guapos, hábiles, abiertos... No tenemos que temer ser quiénes somos y a dónde queremos llegar.

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