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No es no

Por Lidia Beatriz | Santa Cruz de Tenerife


He estado revisando recuerdos de mi adolescencia y me he topado con algunos que me han dado miedo. Quiero rescatar uno a modo de ejemplo y hacer una reflexión importante sobre las cosas que, a priori, no tienen importancia, pero que, a posteriori, dan como resultado hechos punibles como la violación.

Si analizamos la definición de la palabra violación, encontramos que se define como 'incursión hecha por algo o alguien en un territorio o espacio en el que no ha obtenido el permiso', también cuando se falta a una ley o al derecho de alguna persona. Por tanto, es violación hacer algo a/con alguien sin que esa persona esté de acuerdo.

Yo estaba, tranquilamente, formando parte de una celebración popular. De pronto, un familiar de género masculino me agarró con la intención de arrojarme a la gélida presa de un río. Hasta aquí no parece nada descabellado, siempre ha sido costumbre lanzar a personas a piscinas, mares, ríos a modo de gracieta. Pero vamos a pensar en ello, es un acto de tomar a alguien contra su voluntad para hacer con esa persona algo que, seguramente, le agrade poco. Cuando yo me percaté de la idea, empecé a gritar y a pedir que, por favor, me soltara. Toda mi vida he tenido problemas de otorrinología, mientras me llevaba en volandas, recordé todos los veranos con fiebre e infección por bañarme en esa misma presa. No sé en qué momento, pero estaba rodeada de chicos que hacían caso omiso a mis peticiones de no ser lanzada con por favores incluidos. Tres, dos, uno... Caí. Mejor dicho, me tiraron entre risas y la aprobación de todo un pueblo. El agua estaba helada, nadé rápido hacia la orilla y me puse al sol con la ropa empapada y pegada al cuerpo, temiendo enfermar un año más. A partir de ahí, desarrollé una otitis bastante grave.

Después de mí, lanzaron a otras personas. Al rato, dos niños (más pequeños que los anteriores) me atraparon para botarme de nuevo. Al principio, me resistía mientras ellos decían:
—¿Por qué no la soltamos? Se nota que no le hace gracia.
—No. Si a mí lo que me gusta es que se resistan.
Terror. Me detuve en seco, dejé de luchar contra su esfuerzo y, por suerte, me soltaron. Pero me dio (y me da) miedo oír aquello.

No es no. En todo. Quién nos asegura que, si no respetan nuestras peticiones en algo como lo que he contado, la van a respetar en algo más grave como una agresión. Porque hacer algo en contra de los deseos de una persona ya es la violación de sus derechos.
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