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#Especial Historia del arte - Victoria sin dueño

Andrea Dehm | Valencia

La neblina de misterio que rodea a la Victoria de Samotracia es densa y tan visible como la belleza helenística de la que presume la escultura. Los investigadores remontan su creación al 190 a. C. y fue descubierta en la isla de Samotracia en el año 1863 por el arqueólogo Charles Champoiseau. Sin embargo, a pesar de su edad y el peso del tiempo sobre su mármol, su autor todavía es desconocido.

Champoiseau era cónsul en de Adrianópolis y la isla de Samotracia estaba cerca del lugar al que se dirigía, por lo que decidió explorar el santuario dedicado a Caberoi que se encontraba en dicha isla. El 15 de abril del año 1863, poco después del comienzo de las exploraciones, un grupo de trabajadores continuaron excavando al oeste del santurario y hallaron partes de la estatua de una mujer. Aunque continuaron excavando con la pretensión de hallar la cabeza y las extremidades que faltaban en la figura, no tuvieron suerte. Charles dedujo que se trataba de una escultura en honor a la diosa Victoria ya que encontraron plumas y tapices alrededor de esta, por lo que la bautizaron con el nombre de Victoria de Samotracia.

Un año más tarde, en el año 1864, Champoiseau envió la escultura al Louvre, hoy en día conocido como uno de los museos más importantes del mundo. En 1875 A. Conze, un arqueólogo austriaco, descubrió a través del dibujo que los bloques que estaban situados en pila junto a la escultura, los mismos que Charles había confundido con una tumba, formaban juntos la proa de un barco. Cuatro años después, en el año 1879, Charles Champoiseau mandó llevar esos bloques al Louvre y hoy en día componen la base de la escultura. 

Si pensamos en la escultura griega, vemos que no hay ninguna que pueda compararse con la Victoria de Samotracia. A pesar del misterio que la rodea, los investigadores han podido situar el origen de la base de la escultura en Rodas. Sin embargo, el acabado de las telas los aleja y vuelve a convertir a la escultura y a su autor en un misterio. Solo las esculturas de los talleres de Pérgamo, en Asia Menor, se acercan a la singularidad de nuestra protagonista.

Aunque hasta ahora no se ha podido demostrar nada, hay indicios que aluden a un posible propósito de dicha escultura: la celebración de una victoria naval por parte de los rodios sobre el poder de Antíoco III Megas. Es por esto que podemos decir que es una de las obras más importantes de la escuela rodia y que pertenece al barroco helenístico. Las huellas también nos conducen a Niké, la diosa de la victoria.

Al mirarla solo puedo pensar en la situación a la que hemos estado sometidas nosotras, las mujeres, a lo largo de los años. Desprovistas de libertad de pensamiento y de expresión, con el cuerpo mutilado por una sociedad que nos ha maltratado de las formas más crueles, continuamos presas en el interior de una mentalidad cerrada, misógina y violenta, la cual no ve más allá de su propia e idealizada virilidad. Esto queda reflejado en la opinión de Marinetti, en plena época vanguardista, cuando declaró en un manifiesto futurista publicado en Le Figaro (un periódico francés) que «un automóvil de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia». Si nos adelantamos unos años, aprovecho para comentar que la vanguardia futurista exaltaba la virilidad, la velocidad y la industrialización. Sin embargo nosotras, al igual que Victoria, continuamos sin dueño, sobreviviendo al paso del tiempo con las alas desplegadas para iniciar el vuelo y los ojos en el corazón; juntas gritando al cielo ¡ni una menos! 

Con esto se cierra el quinto bloque de historia del arte dedicado a mi querido arte griego, ¡nos leemos!
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