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Calientapollas y otros animales mitológicos

Por Lidia Beatriz | Santa Cruz de Tenerife.

Cuando una persona llama «calientapollas» a una mujer, en ningún caso te puedes justificar diciendo que es una broma y, mucho menos, cuando dicho calificativo ha sido creado por una sociedad heteropatriarcal con el objetivo de presionar a las mujeres y/o hacerlas sentir culpables por no satisfacer los deseos sexuales del hombre. Desde SexReport queremos promover una sexualidad sana y, para ello, es necesario obtener conocimientos básicos al respecto, así como respetar al otro en su libertad sexual; y considero que esta entrada es muy necesaria para vivir la sexualidad de una manera saludable y respetuosa. Me valdré de una experiencia personal que espero invite a la reflexión.

Si introducimos el término «calientapollas» en el buscador web, lo primero que nos sale-y bien grande-es «malsonante despectivo». Punto primero, inherente al término existe una intención de despreciar a la persona que va dirigido. Al buscar en un diccionario, encontramos la definición «insulto que se aplica a la persona que incita sexualmente a un hombre sin intención de satisfacer el deseo provocado» Punto segundo, por si no había quedado claro que estamos ante una palabra despectiva, ahora se deja muy claro desde el inicio de la definición que es un insulto. Y no sólo eso, sino que implica que haya una acción consciente. Estamos endemoniando a la mujer y victimizando al hombre, cuando en el 99,9% de las ocasiones no hay alevosía por parte de ellas y sí una creencia por parte de ellos sobre que sus deseos deben ser órdenes para las féminas.

La primera vez que me llamaron «calientapollas» fue con doce años (año arriba, año abajo). Lo más traumático para mí es que el insulto vino de mi mejor amiga, ella que para mí era lo más genial que yo creía que tenía en el mundo mundial del universo universal. Era verano y, como otras muchas veces, íbamos a dormir juntas, de hecho estábamos casi dormidas cuando de pronto-y con voz somnolienta-me soltó aquella bomba que ni siquiera entendía bien lo que significaba. Sus palabras exactas no las recuerdo, pero el argumento permanece todavía incomprensible en mi memoria. Antes de continuar, me gustaría resaltar que me identifico con el espectro asexual, es decir, que yo intención de incitar sexualmente a otra persona ninguna y mucho menos con doce años-siendo una niña muy niña y con muchos pajaritos en la cabeza-. ¿Por qué me dijo aquello entonces? Según ella, yo era una «calientapollas», porque jugaba con los niños y, ahora sé, que esos niños adolescentes empezaban a tener deseo sexual primario (sentían atracción sexual). Aquella noche no pude dormir tranquila. ¿Qué tipo de delincuente era yo que estaba cometiendo un delito tan grave sin darme cuenta de ello? Encima yo, que pensar en darme la mano con alguien me hacía transpirar el triple y lo fea e insignificante que creía que era... En fin, que, siendo un poco arisca ya, aquello me hizo tomar la decisión de mantener la distancia con niños, adolescentes, adultos para el resto de mi vida. Porque, aunque me gustara un niño, él podía pensar que lo estaba incitando sexualmente y ¡nada más lejos de la realidad! Desde entonces mido cada movimiento hasta la frustración, porque, al ser parte del espectro asexual, me gustaría interactuar con los demás, pero temo que se hagan ideas equivocadas.

Así que no. Llamar (o pensar) «calientapollas» a una mujer-tenga la edad que tenga-no es gracioso, no es correcto en cuanto a significado ni tampoco en cuanto a educación. Es un término opresivo, machista. Si piensas que alguien lo es, puede que el problema esté en tus expectativas y en tu (mala)educación y no en su intencionalidad. Desaprendamos para aprender y vivamos unas relaciones interpersonales-sexuales o no-más armónicas y saludables.
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