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El valor de la publicidad

Por Lidia Beatriz | Santa Cruz de Tenerife.

El poder de los anuncios es inconmensurable, no somos conscientes de la influencia que ejercen sobre la población, sobre nosotros mismos. Y lo digo porque, cuando tienes un trabajo como el mío, es muy sorprendente lo que la mercadotecnia hace con nuestras expectativas, creencias y hábitos de consumo, incluso en las cuestiones relacionadas con la salud.

No voy a hablar mal de la publicidad, porque es cierto que ayudan muchísimo a la hora de ofrecer un producto a un paciente. Es mucho más fácil vender cuando la persona conoce o cree conocer determinado medicamento o complemento. Pero sí que quiero resaltar la parte negativa de los anuncios que ofertan cosas de la farmacia.

En primer lugar, el objetivo principal es llamar la atención del consumidor y aumentar las ventas. Por eso, en todos los anuncios se exagera su efecto, creando una expectativa demasiado grande respecto al mismo y que, probablemente, no la cumpla. La publicidad idealiza al producto y puede hacernos creer que roza el milagro. Debemos ser precavidos y saber que los milagros no existen, que nada es inmediato y que no todo vale para todos. De ahí que siempre vengan acompañados por el popular «lea las instrucciones de este medicamento y consulte a su farmacéutico».

En segundo lugar, se crea un efecto nocebo hacia las especialidades idénticas que no son anunciadas. Como explicaba en otra entrada (aquí), el efecto nocebo viene de una expectativa negativa hacia la sustancia. Que esperemos un milagro de determinado producto nos lleva a creer que el similar y no anunciado es peor o ineficaz. Esto dificulta la recomendación (y obviamente la venta), es decir, hace mucho más complicada la labor del farmacéutico a la hora de ofrecer su consejo experto.

En tercer lugar, cuando el producto anunciado está contraindicado o no es la mejor opción para la persona que lo solicita empieza una lucha psicológica muy dura entre el farmacéutico y el paciente. No siempre es así, pero a menudo cuesta mucho hacer entender al otro que no necesita ese medicamento y que puede hacerle más mal que bien en su caso particular.

En cuarto lugar, el precio. Y aquí está la razón por la que en el título hablo de «el valor de la publicidad». Una especialidad farmacéutica anunciada, sobre todo en televisión, siempre tendrá un precio más elevado que otra con la misma composición que no esté promocionada. Lo mismo ocurre con los laboratorios de dermofarmacia y cualquier otra cosa. Resulta muy habitual que se acerquen personas a la oficina de farmacia pidiendo cosas que han visto y que después no se han llevado ya que les parecen caras.

Por todo esto es muy importante ser escépticos con la publicidad. Si te sientes identificado con un problema y crees que necesitas alguno de los productos anunciados, consulta siempre con tu farmacéutico, escucha con atención y responde a sus preguntas para que pueda ofrecerte la mejor solución.
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