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Donde empieza el profesional y termina la persona

A colación de la noticia publicada sobre la píldora postcoital, me he preguntado hasta dónde puede llegar la subjetividad humana. En esta sociedad nos llegan mensajes contradictorios respecto a nuestros valores. Nos inculcan que está bien ser fiel a uno mismo, que debemos respetar nuestras creencias. Vemos que continuamente la mayoría se traicionan a sí mismos por motivos muy diversos. Y, cuando nos preparan para ejercer una profesión, nos dejan claro que ante todo somos profesionales y debemos obrar en consecuencia. ¿Qué ocurre cuándo tu labor profesional se enfrenta a tu moral? ¿Por qué debemos decantarnos? En un estado de derecho, todos los ciudadanos deben ser respetados. Eso implica que no podemos imponer nuestros pensamientos y creencias, nuestra moral, sobre otro. La única moral que impera es la del bien común y el respeto. Entonces, en la situación concreta de dispensar la pastilla del día después, ¿cómo resolverlo?

El farmacéutico de Sevilla se negaba a dispensar preservativos, también el anticonceptivo de emergencia. En consecuencia fue denunciado y condenado en un primer momento, porque según la ley, no puede negarse. Ahora el TC reconoce el derecho a la objeción de conciencia al respecto de la venta de la píldora. ¿Cuántos farmacéuticos se ampararán en esta sentencia para no dispensar el medicamento? Espero que ninguno más. Si el ejercicio de tu profesión supone un dilema moral para ti, dedícate a otra cosa. La función de un farmacéutico es actualizarse en sus conocimientos y asegurar el bienestar del paciente. El colmo, la venta de profilácticos. Los condones no sólo se usan para prevenir embarazos, evitan el contagio de enfermedades. La actitud de este señor es deplorable, sus prejuicios morales le hacen ser un mal profesional. A parte de no conocer cómo actúa el levonogestrel, coarta una libertad que tenemos todos por ley: que nos dispensen condones y pastillas del día después.

Bajo mi punto de vista, el ejercicio de la profesión (sea cuál sea) va más allá de uno mismo. Cada cargo lleva consigo unos derechos y unos deberes. Nadie debe faltar a nuestros primeros, ni nosotros podemos fallar en los segundos. Si en tu ejercicio como profesional entras en conflicto con tus creencias religiosas, morales y similares, no vayas en contra de ti mismo. Sencillamente no es la profesión adecuada para ti, busca otra en la que puedas vivir a gusto sin incordiar al resto. ¿Esto significa que esté a favor de la actuación de ciertos miembros de los Cuerpos de Seguridad y Fuerzas del Estado? Evidentemente no. Me reitero en que todos tenemos derechos, deberes y moral. El deber de esta profesión es velar por la seguridad del ciudadano y su moral debería ser poner su deber por encima de la obediencia.

Es fácil hablar en general. Deberíamos evaluar cada caso con sus particularidades. No obstante, la persona no debería intervenir en el profesional. Al igual que los jueces cuando se colocan la toga negra y los investigadores su bata blanca, debemos mirar con objetividad-ya sea al aplicar la ley o el método científico- la situación. Nuestra función es la que es y, enmarcados en ella, obraremos. Cada profesión dispone de su propio código ético y moral y ese es el que debe aplicarse, como mínimo, en tu horario de trabajo.
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